"La mayor tragedia de este siglo es la extinción de la cultura campesina, cultura milenaria e indefensa porque no está registrada en libros, sino en manos de la memoria y la transmisión oral"
Luis Landero

domingo, 10 de julio de 2016

CARPINTERÍAS




   La excelente madera de los pinos garrovillanos propició la  existencia de un gremio local de carpinteros que perduró a lo largo de varios siglos. Fue una actividad en la que el propio artesano era el que se tenía que abastecer de la misma. Talar los pinos, repelar y aserrar los troncos, transportarlos en carretas y almacenarlos eran procesos realizados a mano que se repetían años tras año sin más criterios técnicos que los marcados por la propia experiencia transmitida de generación en generación. Desde antiguo, al igual que las estructuras sociales y económicas, las innovaciones habían sido mínimas y estas se redujeron a pequeñas mejoras en alguna que otra herramienta y poco más.
   Hace noventa años, los mellizos David y Tomás Arias Vivas popularmente conocidos como los “Guerrinas”, sin tener conciencia de la ruptura tan profunda e irreversible que iba a representar con el pasado, adquieren una moderna máquina  aserradora propulsada por un motor de explosión que facilita el trabajo, llevando a cabo las tareas más duras de forma más rápida y eficaz. Es la primera vez que se va a introducir una máquina de estas características para realizar procesos que hasta entonces se habían realizado íntegramente a mano. Nacidos en 1898, habían adquirido las  destrezas básicas del oficio estando de aprendices en el taller de “Tío Daniel” (Tomás) y en el de “Tío Nicolás Bravo” (David). Con un poco más de veinte años ya habían abierto su propia carpintería, acondicionando un tinado en la “Plazuela de las Escuelas”.

    Esa máquina, hoy aquí expuesta, es una aserradora de cinta, fabricada en Francia, marca Fourchambaul. Fue adquirida en San Sebastián a principios de 1927. Posee dos volantes de inercia de 0,90 m. sobre los que gira la  sierra y un tablero de mesa de 1,72x1m. Su altura es de 2,70 m. Era movida por un motor de explosión a gasolina de un solo cilindro con 5 CV de potencia. La transmisión era por una correa. Su precio fue de 6140 pesetas (36,90 €), todo un capital en  aquella época. Se recurrió a la familia colaborando cada uno con lo que pudo.

   Para instalarla hubo que rehacer totalmente el antiguo tinado creando un local diáfano con amplios ventanales. La inauguración  fue en Semana Santa de 1927 con la bendición de los párrocos D. Simón Herrera y D. Anastasio. En el acto se hizo una demostración de su funcionamiento ante los asistentes que, asustados por el ruido del motor y la velocidad de la máquina, quedaron sin palabras. A partir de esa fecha se incrementó el rendimiento, lo que afectó también al resto de las carpinterías, porque de la docena que había, la mayoría comenzaron a ir a aserrar sus maderas al “Taller de los Guerrinas”. Como  merecido homenaje, queremos recordar aquí a la de los hijos de “Tío Daniel” la de José Bravo, la de Honorio Cordero, a los hermanos Módenes, a Teodoro Mogollón, a los hermanos Rubio “Los Calpio”, a José Iglesias “Piojino”, a Julián Pache (el último palero) a Félix Arévalo, a Modesto Hernández…

   Y lo que fue una novedad con el tiempo se convirtió en cotidiano. Se había logrado obtener mayor aprovechamiento de la madera, sacando todo tipo de grosores y longitudes en tablas y tablones, en cuarterones para marcos o en vigas. Se podían hacer tableros de superficies planas, antes de factura y dimensiones imposibles. La madera de las ramas que antes se utilizaba para leña, se aprovechó para  sacar tablas y palos irregulares con los que se hacían anualmente miles de angarillas para el ganado.  A los paleros se les serraban las piezas de madera de encina que usaban para las ruedas de los carros y carretas. También se picaba leña para las chimeneas de las casas. Pero persistía el problema del combustible. Como una consecuencia más de la tragedia que supuso la Guerra, el surtidor que había en la Avda. de Colón se cerró y había que ir a por él a Cañaveral con un carro tirado por un burro. Además, el racionamiento motivó que la producción se redujera sensiblemente. En  1948 se sustituyó el motor de gasolina por uno eléctrico, trifásico, de 350 voltios. Su instalación fue toda una odisea. Como la línea eléctrica normal no tenía potencia para hacerlo funcionar, hubo que tirar otra independiente que, partiendo de la Laguna y atravesando corrales particulares llegaba a la carpintería. Ninguno de los vecinos afectados puso ninguna pega. La instalación de este motor, además de ser silencioso y limpio, contribuyó a la mejora del rendimiento de la máquina. Estuvo en funcionamiento hasta el cese de la actividad de la carpintería acaecida en el otoño de 1976.
   Tomás, David y la generación con la que bregó esta máquina fueron testigos del cierre de un ciclo en el que durante siglos se marcaba la vida y el tiempo de las gentes y lugares de un modo totalmente distinto al actual. Sin duda, su labor concilió los usos que habían pervivido durante mucho tiempo con las nuevas formas de producción y estilos de vida que en tan solo un puñado de años  nos han llevado, para más bien que mal, donde hoy nos encontramos.
      Texto Museo Etnográfico